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CAPÍTULO XIV. Subsistencia

Pero podemos considerar esto como un principio establecido: que la privación y la penuria, por muy lejos que se lleven, nunca deben considerarse sino como estados de transición a los que debe suceder un estado de abundancia, e incluso de superfluidad. ¿Puede haber algo más conmovedor que el pensamiento de tantos miles de soldados, mal vestidos, con mochilas a la espalda que pesan treinta o cuarenta libras, esforzándose por todo tipo de caminos, en cualquier clase de tiempo, durante días y días ininterrumpidamente en marcha, con la salud y la vida siempre en peligro, y a pesar de todo incapaces de conseguir una ración suficiente de pan seco? Cualquiera que sepa cuán a menudo ocurre esto en la guerra, no alcanza a comprender cómo no conduce con más frecuencia a una negativa de la voluntad y de las facultades para seguir sometiéndose a tales exigencias, y cómo la mera inclinación impresa constantemente en la imaginación de los seres humanos en una sola dirección es capaz de suscitar primero, y sostener después, esfuerzos tan increíbles.

Que cualquiera, pues, que imponga grandes privaciones a sus hombres porque los grandes objetivos exigen tal prueba de resistencia, tenga siempre presente por prudencia, si no se lo dictan sus propios sentimientos, que hay una recompensa para tales sacrificios que está obligado a pagar en algún otro momento.

Tenemos ahora que considerar la diferencia que se produce respecto a la cuestión de la subsistencia en la guerra, según que la acción sea ofensiva o defensiva.

El defensor se encuentra en condiciones de hacer uso ininterrumpido de los víveres que ha podido acumular de antemano, mientras dure su acto defensivo. Por consiguiente, el bando defensor difícilmente puede carecer de las necesidades de la vida, en particular si se encuentra en su propio país; pero esto también es válido incluso en el del enemigo.

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