La creación y el mantenimiento son, evidentemente, solo los medios, mientras que la aplicación es el fin.
El combate en la guerra no es una contienda de individuo contra individuo, sino un todo organizado que consta de múltiples partes; en este gran todo podemos distinguir unidades de dos clases, unas determinadas por el sujeto, otras por el objeto.
En un ejército, la masa de combatientes se ordena siempre en una serie de nuevas unidades que a su vez forman miembros de un orden superior. El combate de cada uno de estos miembros constituye, por tanto, una unidad también más o menos distinta.
Además, el motivo de la lucha; por consiguiente, su objeto, forma su unidad.
Ahora bien, a cada una de estas unidades que distinguimos en el combate le asignamos el nombre de combate.
Si la idea del combate se halla en el cimiento de toda aplicación del poder armado, entonces también la aplicación de la fuerza armada en general no es otra cosa que la determinación y disposición de un cierto número de combates.
Por consiguiente, cada actividad en la guerra se relaciona necesariamente con el combate, ya sea de forma directa o indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, entrenado, duerme, come, bebe y marcha, todo simplemente para luchar en el momento y lugar adecuados.
Si, por tanto, todos los hilos de la actividad militar desembocan en el combate, los abarcaremos todos cuando establezcamos el orden de los combates. Solo de este orden y de su ejecución proceden los efectos, jamás directamente de las condiciones que los preceden. Ahora bien, en el combate toda la acción está dirigida a la destrucción del enemigo, o más