medida que el combate se concentra gradualmente en límites más estrechos. Por lo tanto, el defensor contempla con satisfacción la batalla que arde con moderada intensidad ante él;—pero no cuenta con que su resistencia frontal pueda durar eternamente;—no cree que sus flancos sean inexpugnables;—no espera que el curso entero de la batalla cambie por la exitosa carga de unos pocos batallones o escuadrones. Su posición es profunda, pues cada parte en la escala de gradación del orden de batalla, desde la división hasta el batallón, tiene su reserva para acontecimientos imprevistos y para la renovación del combate; y al mismo tiempo una masa importante, de la quinta parte a la cuarta parte del total, se mantiene completamente en la retaguardia, fuera de la batalla, tan atrás como para estar completamente fuera del alcance del fuego, y si es posible tan lejos como para quedar más allá de la línea envolvente por la que el enemigo pudiera intentar desbordar cualquiera de los flancos. Con este cuerpo se propone cubrir sus flancos de movimientos envolventes más amplios y grandes, asegurarse contra acontecimientos imprevistos y, en la última etapa de la batalla, cuando el plan del asaltante esté plenamente desarrollado, cuando la mayor parte de sus tropas hayan entrado en acción, arrojará esta masa sobre una parte del ejército enemigo y abrirá en esa parte del campo una batalla ofensiva menor por su parte, utilizando todos los elementos de ataque, tales como cargas, sorpresas, movimientos envolventes, y mediante esta presión contra el centro de gravedad de la batalla, que ahora descansa solo sobre un punto, hacer retroceder al conjunto.
Esta es la idea normal que nos hemos formado de una batalla defensiva, basada en la táctica de nuestros días. A esta batalla, el movimiento general de rodeo realizado por el asaltante para apoyar su ataque y, al mismo tiempo, con vistas a hacer más completos los resultados de la victoria, responde un movimiento parcial de rodeo por parte de la defensa, es