los órdenes de batalla posibles, y es particularmente desfavorable para cualquier contraataque ventajoso. En realidad, no hay otra alternativa que defenderse hasta el extremo último dentro de las atrincheramientos. Que estas circunstancias puedan causar una disminución del ejército mayor que ese tercio que, tal vez, ocasionaría la formación de un ejército de observación, es fácil de concebir. Si, añadido a eso, pensamos ahora en la preferencia general que ha existido desde los tiempos de Federico el Grande por la llamada ofensiva (la cual, en realidad, no siempre lo es), por los movimientos y las maniobras, y la aversión a las trincheras, no nos sorprenderá que las líneas de circunvalación hayan pasado totalmente de moda. Pero este debilitamiento de la resistencia táctica no es en modo alguno su única desventaja; y solo hemos enumerado los prejuicios que se impusieron en el juicio sobre las líneas de circunvalación inmediatamente después de esa desventaja, porque están muy emparentados entre sí. Una línea de circunvalación en realidad solo cubre aquella porción del teatro de la guerra que encierra efectivamente; todo lo demás queda más o menos entregado al enemigo si no se emplean destacamentos especiales para cubrirlo, produciéndose así precisamente la división de fuerzas que se pretendía evitar. De este modo, el ejército sitiador estará siempre en la zozobra y el apuro a causa de los convoyes que necesita, y la cobertura de estos mediante líneas de circunvalación resulta impensable si el ejército y los suministros de sitio requeridos son considerables, y el enemigo se halla en el campo con fuerzas poderosas, a menos que se dé en condiciones como las que se encuentran en los Países Bajos, donde existe todo un sistema de fortalezas contiguas entre sí y líneas intermedias que las conectan, las cuales cubren el resto del teatro de la guerra y acortan considerablemente las rutas por las que puede efectuarse el
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CAPÍTULO XVII. Ataque a fortalezas
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