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CAPÍTULO IX. Plan de guerra cuando el objeto es la destrucción del enemigo

semejante victoria exige un ataque envolvente, o una batalla con un frente oblicuo, pues estas dos formas siempre confieren al resultado un carácter decisivo. Constituye, por tanto, una parte esencial de un plan de guerra adoptar disposiciones para este movimiento, tanto en lo que respecta a la masa de fuerzas requerida como a la dirección que debe dárseles, de lo cual se hablará más en el capítulo sobre el plan de campaña.

Ciertamente no es imposible que incluso las batallas libradas con frentes paralelos conduzcan a derrotas completas, y los casos al respecto no faltan en la historia militar; pero tal acontecimiento es poco común, y lo será aún más a medida que los ejércitos estén más a la par en cuanto a disciplina y destreza en el campo. Ya no colocamos veintiún batallones en una aldea, como hicieron en Blenheim.

Una vez conseguida la gran victoria, la cuestión siguiente no es acerca del descanso, ni de tomar aliento, ni de reflexionar, ni de reorganizarse, etc., etc., sino únicamente de la persecución de nuevos golpes donde sea necesario, de la captura de la capital del enemigo, del ataque a los ejércitos de sus aliados, o de cualquier otra cosa que parezca ser un punto de reunión para el enemigo.

Si la marea de la victoria nos lleva cerca de las fortalezas del enemigo, el poner sitio a estas o no dependerá de nuestros medios. Si tenemos una gran superioridad de fuerza, sería una pérdida de tiempo no tomarlas lo antes posible; pero si no estamos seguros de los acontecimientos futuros que se nos presentan, debemos mantener las fortalezas a raya con el menor número de tropas posible, lo cual excluye cualquier asedio regular y formal. En el momento en que el sitio de una fortaleza nos obliga a suspender nuestro avance estratégico, dicho avance, por regla general, ha llegado a su punto culminante. Exigimos,

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