debemos adoptarlo si no hay razón para temer que el enemigo desconcierte nuestro plan. Siempre que este sea el caso, debemos elegir nosotros mismos el camino más sencillo, es decir, más rápido, y reducir nuestras pretensiones en este sentido tanto como el carácter, las relaciones del enemigo y otras circunstancias puedan hacerlo necesario.
Si abandonamos las débiles impresiones de las ideas abstractas y descendemos al ámbito de la vida práctica, resulta evidente que un enemigo audaz, valiente y resuelto no nos dará tiempo para combinaciones amplias y hábiles, y es precisamente contra un enemigo así que más necesitaríamos la habilidad.
Por esto nos parece que queda demostrada de manera concluyente la ventaja de los resultados simples y directos sobre los complicados.
Nuestra opinión no es por ello que el golpe simple sea el mejor, sino que no debemos levantar el brazo demasiado para el tiempo concedido al ataque, y que esta condición conducirá siempre tanto más al combate directo cuanto más belicoso sea nuestro oponente. Por tanto, lejos de proponernos ganar terreno al enemigo mediante planes complicados, debemos procurar más bien adelantarnos a él mediante una mayor simplicidad en nuestros diseños.
Si buscamos los cimientos más profundos de estas proposiciones contrarias, hallamos que en la una es la aptitud, y en la otra, el valor.
Ahora bien, hay algo muy atractivo en la idea de que un grado moderado de valor unido a una gran aptitud producirá mayores efectos que una aptitud moderada con un gran valor.
Pero a menos que supongamos estos elementos en una relación desproporcionada, no lógica, no tenemos derecho a atribuirle a la aptitud esta ventaja sobre el valor en un campo que se llama peligro, y que debe considerarse como el verdadero dominio del valor.