¿Y no sorprendió del mismo modo Federico el Grande a los austríacos que reposaban en sus antiguos hábitos de guerra, haciendo temblar su monarquía? ¡Ay del gabinete que, con una política titubeante y un sistema militar rutinario, se encuentra con un adversario que, como el elemento rudo, no conoce otra ley que la de su fuerza intrínseca! Cada deficiencia en energía y esfuerzo constituye entonces un peso en la balanza a favor del enemigo; no resulta tan fácil entonces pasar de la postura de esgrima a la de un atleta, y a menudo basta un leve golpe para derribar al conjunto.
El resultado de todas las causas expuestas hasta ahora es que la acción hostil de una campaña no progresa mediante un movimiento continuo, sino intermitente, y que, por tanto, entre los distintos actos sangrientos hay un periodo de observación, durante el cual ambas partes adoptan la defensiva; y también que, por lo general, un objetivo superior hace que el principio de agresión predomine en un bando, dejándolo así, por lo general, en una posición de avance, por lo cual sus procedimientos se ven entonces modificados en cierto grado.