El repliegue hacia el interior del país debe hacerse, por tanto, por regla general, directamente ante el enemigo y tan lentamente como sea posible, con un ejército que no haya sufrido una derrota y que permanezca unido; y mediante su resistencia incesante debe obligar al enemigo a mantenerse en un estado constante de disposición para el combate y a un desgaste ruinoso de fuerzas en medidas de precaución tácticas y estratégicas.
Cuando ambas partes han llegado de este modo al final de la primera arrancada del agresor, el defensor debe entonces disponer su ejército en una posición, si es que se puede encontrar alguna, que forme un ángulo oblicuo con la ruta de su oponente, y operar contra la retaguardia del enemigo con todos los medios a su alcance.
La campaña de 1812 en Rusia muestra todas estas medidas a gran escala y sus efectos, por decirlo así, bajo una lupa.
Aunque no fue una retirada voluntaria, podemos considerarla fácilmente desde ese punto de vista.
Si los rusos, con la experiencia que ahora tienen de los resultados así producidos, tuvieran que emprender la defensa de su país de nuevo, exactamente bajo las mismas circunstancias, harían voluntaria y sistemáticamente lo que en gran parte se hizo sin un plan definido en 1812; pero sería un gran error suponer que no hay ni puede haber en ninguna otra parte un ejemplo del mismo modo de acción donde falten las dimensiones del imperio ruso.
Siempre que un ataque estratégico, sin llegar a dirimirse en una batalla, se estrella meramente contra las dificultades encontradas, y el agresor se ve obligado a emprender una retirada más o menos desastrosa, allí se habrán manifestado las condiciones principales y los efectos fundamentales de este modo de defensa, cualesquiera que sean las circunstancias modificatorias que de otro modo lo acompañen.