Pero como los casos a y b raras veces ocurren, el campo atrincherado es, por consiguiente, una medida que requiere ser muy bien considerada y que en la práctica resulta muy pocas veces adecuada.
La esperanza de inspirar respeto al enemigo por medio de un campamento de este tipo, reduciéndole así a un estado de completa inactividad, entraña un peligro demasiado grande, a saber, el peligro de verse obligado a combatir sin la posibilidad de retirada.
Si Federico el Grande logró su objetivo de este modo en Bunzelwitz, debemos admirar el acertado juicio que formó de su adversario, pero sin duda debemos también poner más énfasis que de costumbre en los recursos que habría hallado en el último momento para abrirse camino para los restos de su ejército, así como también en la irresponsabilidad de un rey.
- Si hay una o varias fortalezas cerca de la frontera, surge entonces la gran cuestión de si el defensor debe buscar el combate antes o después de ellas. Lo último se recomienda por—
a, por la superioridad numérica del enemigo, que nos obliga a quebrantar su poder antes de llegar a la lucha definitiva.
b, por estar estas fortalezas cerca, de modo que el sacrificio de territorio no sea mayor de lo que nos vemos obligados a hacer.
c, por la aptitud de las fortalezas para la defensa.
Un uso principal de las fortalezas es indudablemente, o debería serlo, romper la fuerza del enemigo en su avance y debilitar considerablemente aquella porción que pretendemos llevar a un combate. Si vemos tan raras veces que se hace este uso de las fortalezas, ello proviene de que los casos en los que una de las partes opuestas busca una batalla decisiva son muy raros. Pero ese es el único tipo de caso del que tratamos aquí.