derribado y solo pueda hallar la salvación en el máximo esfuerzo de su fuerza corporal; y otra muy distinta es cuando un Ejército victorioso, impulsado únicamente por sentimientos de orgullo, es conducido según la voluntad de su Jefe. El mismo esfuerzo que en el primer caso a lo sumo podría excitar nuestra piedad, debe en el segundo provocar nuestra admiración, porque es mucho más difícil de sostener.
Sale así a la luz ante el ojo inexperto una de esas cosas que ponen grillos en la oscuridad, por decirlo así, sobre la acción de la mente, y desgastan en secreto las facultades del alma.
Aunque aquí la cuestión se refiere estrictamente solo al esfuerzo extremo exigido por un Comandante a su Ejército, por un líder a sus seguidores, por consiguiente, al espíritu para exigirlo y al arte de conseguirlo, no debe pasarse por alto el esfuerzo físico personal de los Generales y del Comandante en Jefe.
Habiendo llevado el análisis de la Guerra conscientemente hasta este punto, no podíamos dejar de tener en cuenta también el peso de este pequeño residuo restante.
Hemos hablado aquí del esfuerzo corporal, principalmente porque, al igual que el peligro, pertenece a las causas fundamentales de la fricción, y porque su cantidad indefinida lo asemeja a un cuerpo elástico, cuya fricción, como es bien sabido, resulta difícil de calcular.
Para contener el abuso de estas consideraciones, de semejante examen de las cosas que agravan las dificultades de la guerra, la naturaleza ha dado a nuestro juicio una guía en nuestra sensibilidad; así como a un individuo no le conviene referirse a sus deficiencias personales si es insultado y maltratado, pero bien puede hacerlo si ha repelido con éxito la afrenta o la ha vengado plenamente, ningún comandante o ejército disminuirá la