forma a un pequeño volumen en octavo. Pero mi deseo era también evitar en esto todo lo común, todo lo que es evidente por sí mismo, lo que se ha dicho cien veces y es generalmente aceptado; pues mi ambición era escribir un libro que no fuera olvidado en dos o tres años, y que cualquiera interesado en el tema consultara a fin de cuentas más de una vez”.
En Coblenza, donde estaba muy ocupado con sus obligaciones, solo pudo dedicar horas ocasionales a sus estudios privados. No fue hasta 1818, tras su nombramiento como Director de la Academia General de Guerra en Berlín, cuando tuvo el tiempo libre para ampliar su obra y enriquescerla con la historia de las guerras modernas.
Este tiempo libre también le reconcilió con su nueva ocupación que, en otros aspectos, no le resultaba satisfactoria, ya que, según la organización existente de la Academia, la parte científica del curso no dependía del Director, sino que estaba dirigida por una Junta de Estudios.
Libre como era de toda vanidad mezquina, de todo sentimiento de ambición inquieta y egoísta, sentía sin embargo el deseo de ser realmente útil y de no dejar inactivas las capacidades con las que Dios le había dotado. En la vida activa no se encontraba en una posición en la que este anhelo pudiera ser satisfecho, y tenía pocas esperanzas de alcanzar tal posición: todas sus energías se dirigieron por tanto al ámbito de la ciencia, y el beneficio del que esperaba sentar las bases con su obra fue el objeto de su vida.
Que, a pesar de esto, la resolución de no dejar que la obra apareciera hasta después de su muerte se hiciera más firme es la mejor prueba de que ningún anhelo vano y mezquino de alabanza y distinción, ninguna partícula de puntos de vista egoístas, se mezclaba con esta noble aspiración de una utilidad grande y duradera.
Así continuó trabajando con diligencia, hasta que, en la primavera de 1830, fue destinado a la artillería, y sus energías fueron convocadas a la