Bien puedo reclamar esta posición, ya que se me permitió ocupar una similar durante su formación y progreso. Quienes conocen nuestra feliz vida en común y saben cómo compartíamos todo el uno con el otro —no solo la alegría y la pena, sino también cada ocupación, cada interés de la vida cotidiana— comprenderán que mi amado esposo no podía dedicarse a una obra de esta índole sin que yo lo supiera. Por lo tanto, nadie como yo puede dar testimonio del celo, del amor con que laboró en ella, de las esperanzas que depositó en ella, así como del modo y el tiempo de su elaboración.
Su mente ricamente dotada había anhelado desde su temprana juventud la luz y la verdad, y, por muy variados que fueran sus talentos, había dirigido principalmente sus reflexiones a la ciencia de la guerra, a la que le llamaban los deberes de su profesión y que son de tanta importancia para el beneficio de los Estados.
Scharnhorst fue el primero en guiarlo por el buen camino, y su posterior nombramiento en 1810 como profesor en la Escuela General de Guerra, así como el honor que se le concedió al mismo tiempo de impartir instrucción militar a S.A.R. el Príncipe Heredero, contribuyeron aún más a dar a sus investigaciones y estudios esa dirección, y a llevarlo a poner por escrito cualesquiera conclusiones a las que llegara. Un documento con el que concluyó la instrucción de S.A.R. el Príncipe Heredero contiene el germen de sus obras posteriores.
Pero fue en el año 1816, en Coblenza, cuando se dedicó de nuevo por primera vez a las labores científicas y a recoger los frutos que su rica experiencia en aquellos cuatro agitados años había hecho madurar.
Expresó sus puntos de vista, en primer lugar, en breves ensayos, solo tenuemente relacionados entre sí. El siguiente, sin fecha, que se ha encontrado entre sus papeles, parece pertenecer a aquellos primeros días.