Esta forma de guerra restringida y marchita procedía, como hemos dicho, de la estrecha base sobre la que se sustentaba. Pero que excelentes generales y reyes, como Gustavo Adolfo, Carlos XII y Federico el Grande, a la cabeza de ejércitos igualmente excelentes, no pudieran cobrar mayor relieve en la masa general de los fenómenos y que incluso estos hombres tuvieran que conformarse con permanecer en el nivel ordinario de los resultados moderados, debe atribuirse al equilibrio de poder en Europa.
Ahora que los Estados se habían vuelto más grandes y sus centros se hallaban más alejados unos de otros, lo que antes se lograba mediante intereses directos y perfectamente naturales —la proximidad, el contacto, los vínculos familiares, la amistad personal— para evitar que un solo Estado entre todos creciera de repente, se conseguía mediante un mayor cultivo del arte de la diplomacia. Los intereses políticos, las atracciones y las repulsiones se desarrollaron hasta convertirse en un sistema muy refinado, de modo que no se podía disparar un cañonazo en Europa sin que todos los gabinetes tuvieran algún interés en el acontecimiento.
Un nuevo Alejandro debe, por tanto, probar el uso de una buena pluma así como de su buena espada; y, sin embargo, nunca llegó muy lejos con sus conquistas.
Pero aunque Luis XIV tenía la mira puesta en derrocar el equilibrio de poder en Europa, y a finales del siglo XVII ya había llegado al punto de importarle poco el sentimiento general de animosidad, llevó a cabo la guerra tal como se había conducido hasta entonces; pues aunque su ejército era sin duda el del monarca más grande y rico de Europa, en su naturaleza era exactamente igual al de los demás.
El saqueo y la devastación del país enemigo, que desempeñan un papel tan importante entre los tártaros, en las naciones antiguas y aun en la Edad Media, ya no estaban de acuerdo con el espíritu de la época. Se les consideraba con razón una barbarie innecesaria, de la que fácilmente