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CAPÍTULO VI. La información en la guerra

Mucho peor es para el inexperto cuando el azar no le presta este servicio, sino que un informe apoya a otro, lo confirma, lo magnifica, remata el cuadro con nuevos toques de color, hasta que la necesidad, con prisa urgente, nos arranca una resolución que pronto se descubrirá que fue una insensatez, al haber sido todos esos informes mentiras, exageraciones, errores, etc., etc.

En pocas palabras, la mayor parte de los informes son falsos, y la timidez de los hombres actúa como un multiplicador de mentiras e inexactitudes. Por regla general, todo el mundo está más inclinado a dar crédito a lo malo que a lo bueno.

Todo el mundo tiende a magnificar lo malo en cierta medida, y aunque las alarmas que así se propagan, como las olas del mar, vuelven a calmarse, todavía, como ellas, sin causa aparente vuelven a levantarse.

Firme en la confianza de sus propias y mejores convicciones, el Jefe debe mantenerse como una roca contra la cual el mar rompe su furia en vano. El papel no es fácil; quien no sea por naturaleza de una disposición optimista, o esté entrenado por la experiencia en la Guerra y madurado en el juicio, puede hacerse la regla de violentar su propia convicción natural inclinándose del lado del temor al de la esperanza; solo por ese medio podrá mantener su equilibrio.

Esta dificultad de ver las cosas correctamente, que es una de las mayores fuentes de fricción en la guerra, hace que las cosas parezcan muy distintas de lo esperado. La impresión de los sentidos es más fuerte que la fuerza de las ideas resultantes de la reflexión metódica, y esto llega tan lejos que jamás se ha llevado a cabo empresa importante alguna sin que el comandante haya tenido que vencer nuevas dudas en su interior en el momento de comenzar la ejecución de su obra.

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