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CAPÍTULO III. El genio para la guerra

ello. Debemos creer firmemente en la autoridad superior de las máximas bien probadas y, bajo la deslumbrante influencia de los acontecimientos pasajeros, no olvidar que su valor es de un rango inferior. Mediante esta preferencia que en los casos dudosos concedemos a las primeras convicciones, y mediante la fidelidad a las mismas, nuestras acciones adquieren esa estabilidad y consistencia que conforman lo que se denomina

Es fácil ver cuán esencial es una mente bien equilibrada para la fuerza de carácter; por lo tanto, los hombres de mente fuerte por lo general tienen mucho carácter.

La fuerza de carácter nos conduce a una variedad espuria de este: la OBSTINACIÓN.

A menudo resulta muy difícil en los casos concretos decir dónde termina lo uno y dónde empieza lo otro; por otra parte, no parece difícil determinar la diferencia en la idea.

La obstinación no es un defecto del entendimiento; usamos el término para denotar una resistencia en contra de nuestro mejor juicio, y sería incoherente achacarle eso al entendimiento, ya que el entendimiento es la facultad de juzgar.

La obstinación es UN DEFECTO DE LOS SENTIMIENTOS o del corazón. Esta inflexibilidad de voluntad, esta impaciencia ante la contradicción, tienen su origen únicamente en una clase particular de egoísmo que sitúa por encima de cualquier otro placer el de gobernarse tanto a uno mismo como a los demás únicamente por su propia mente. La llamaríamos una especie de vanidad, si no fuera decididamente algo mejor. La vanidad se conforma con la mera apariencia, pero la obstinación descansa en el disfrute de la cosa en sí.

Decimos, por tanto, que la fuerza de carácter degenera en obstinación siempre que la resistencia a los juicios opuestos no proviene de mejores

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