Pero aun así lo hay, y teniendo presente la historia, debemos admitir que el mayor peligro de un revés se presenta a menudo precisamente en el momento en que la ofensiva cesa y pasa a la defensiva. Intentaremos hallar la causa de esto.
La superioridad que hemos atribuido a la forma defensiva de la guerra consiste:
- En el uso del terreno.
- En posesión de un teatro de operaciones preparado.
- En el apoyo del pueblo.
- En la ventaja del estado de expectativa.
Debe ser evidente que estos principios no siempre pueden manifestarse y actuar en igual grado; que, en consecuencia, una defensa no es siempre igual a otra; y por lo tanto, también, que la defensa no tendrá siempre la misma superioridad sobre el ataque.
Esto ha de ser particularmente el caso en una defensa que comienza tras el agotamiento de una ofensiva, y cuyo teatro de guerra se sitúa habitualmente en el vértice de un triángulo ofensivo adentrado profundamente en el país.
De los cuatro principios antes mencionados, esta defensa solo disfruta del primero —el uso del terreno sin merma—, el segundo por lo general desaparece por completo, el tercero se vuelve negativo y el cuarto se reduce en gran medida.
Unas pocas palabras, únicamente a modo de aclaración, respecto a esto último.
Si el equilibrio imaginado —bajo cuya influencia a menudo han transcurrido campañas enteros sin resultados de ningún tipo, debido a