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Introducción

Tribunal de Arbitraje, y a los ulteriores retrasos que deben surgir al pasar por las formalidades medievales de llamar a los embajadores e intercambiar ultimátums.

La mayoría de nuestros políticos actuales han ganado su dinero en los negocios —una «forma de competencia humana que se parece mucho a la Guerra», para parafrasear a Clausewitz.

¿Acaso ellos, en plena efervescencia de dicha competencia, enviaron un aviso formal a sus rivales sobre sus planes de superarlos en el comercio?

¿Acaso el señor Carnegie, el archisacerdote de la Paz a cualquier precio, cuando edificó el Trust del Acero, notificó a sus competidores cuándo y cómo se proponía asestar los golpes que le convirtieron sucesivamente en dueño de millones?

¿Acaso los Directores de una Gran Nación pueden considerar que los intereses de sus accionistas —es decir, el pueblo al que gobiernan— son lo suficientemente graves como para no verse en peligro por el sacrificio deliberado de la posición predominante de preparación que generaciones de abnegación, patriotismo y sabia previsión les han ganado?

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