Estas dos concepciones, estas formas en el uso de la ofensiva y la defensiva, aparecen tan frecuentemente en la teoría y en la realidad, que la imaginación se siente involuntariamente dispuesta a considerarlas como formas intrínsecas, necesarias para el ataque y la defensa, lo cual, sin embargo, no es realmente así, como lo demostrará la más mínima reflexión.
Aprovechamos la primera oportunidad para examinarlas, a fin de formarnos de una vez por todas ideas claras al respecto y de que, al proseguir con nuestra consideración de las relaciones entre ataque y defensa, podamos dejar estas concepciones totalmente a un lado y no ver nuestra atención distraída para siempre por la apariencia de ventaja y desventaja que proyectan sobre las cosas.
Las tratamos aquí como puras abstracciones, extraemos su concepto como si fuera una esencia, y reservamos para un momento posterior nuestras observaciones sobre el papel que desempeñan en las cosas reales.
La parte defensora, tanto en táctica como en estrategia, se supone que aguarda a la expectativa y, por lo tanto, permanece estática, mientras que se imagina al atacante en movimiento, y en un movimiento dirigido expresamente contra ese adversario inmóvil. De esto se sigue necesariamente que el acto de flanquear y envolver queda a discreción única del atacante, es decir, mientras persistan su movimiento y la inmovilidad de la defensa. Esta libertad de elección en el