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CAPÍTULO XVII. Sobre el país y el terreno

que están conectados, y por tanto, si llevamos nuestras presentes consideraciones a un caso extremo, y suponemos a todo un ejército desplegado en una línea de tiradores de modo que cada soldado raso libre su propia pequeña batalla, dependerá más de la suma de las victorias singulares obtenidas que de la forma en que estén conectadas; pues el beneficio de las buenas combinaciones solo puede derivarse de resultados positivos, no de los negativos. Por lo tanto, en tal caso, el valor, la destreza y el espíritu de los individuos resultarán decisivos.

Solo cuando dos ejércitos opuestos están a la par en cuanto a cualidades militares, o cuando sus propiedades peculiares equilibran la balanza, el talento y el juicio del comandante vuelven a ser decisivos.

La consecuencia es que los ejércitos nacionales y las levas insurgentes, etc., etc., en los que, al menos en el individuo, el espíritu belicoso está muy exaltado —aunque no sean superiores en destreza y valor—, aún son capaces de mantener una superioridad mediante una gran dispersión de sus fuerzas favorecida por un terreno difícil, y que solo pueden sostenerse de manera continuada mediante ese tipo de sistema, debido a que tropas de esta índole carecen por lo general de todas las cualidades y virtudes que son indispensables cuando se requiere que números tolerablemente grandes actúen como un cuerpo unido.

También en la naturaleza de las fuerzas hay muchas gradaciones entre uno y otro de estos extremos, pues la circunstancia misma de estar empeñado en la defensa de su propio país le otorga incluso a un ejército regular permanente algo del carácter de un ejército nacional, y lo hace más apto para una guerra librada por un ejército dividido en destacamentos.

Ahora bien, cuanto más faltan estas cualidades e influencias en un ejército, y mayores son por parte de su oponente, tanto más temerá ser

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