El lector comprenderá que no hablo de la «severa y diligente investigación» de la variación o de la «fortuidad», sino meramente de la fácil suposición de que estos fenómenos constituyen una base suficiente sobre la cual apoyar, con la todopoderosa ayuda de la selección natural, una teoría de evolución definida y progresiva.
Revue Philosophique. XXXIII, 1892.
Este principio general fue comprendido claramente hace muchos años por el Dr. George Rainey (un docto médico de St. Bartholomew’s) y expresado con palabras como las siguientes: «……es ilógico suponer que en el caso de los organismos vitales exista una fuerza distinta para producir resultados perfectamente al alcance de las agencias físicas, especialmente porque en muchos casos no se alcanzaría ningún fin si tal fuera el caso, salvo el de oponer una fuerza a otra capaz de lograr exactamente el mismo propósito». (On Artificial Calculi, Q.J.M.S. (Trans. Microsc. Soc.), VI, p. 49, 1858.) Véase también a Helmholtz, infra cit., p. 9.
Por lo cual incurrió en el reproche de Sócrates, en el Fedón.
En una famosa conferencia (Conservation of Forces applied to Organic Nature, Proc. Roy. Instit., 12 de abril de 1861), Helmholtz estableció, como «el principio fundamental de la fisiología», que «puede haber otros agentes que actúen en el cuerpo vivo además de aquellos agentes que actúan en el mundo inorgánico; pero esas fuerzas, en la medida en que causan influencia química y mecánica en el cuerpo, deben ser exactamente del mismo carácter que las fuerzas inorgánicas: al menos en esto, en que sus efectos deben estar regidos por la necesidad, y deben ser siempre los mismos cuando actúan bajo las mismas condiciones; y por tanto no puede existir ninguna elección arbitraria en la dirección de sus acciones». De esto se seguiría que, al igual que las otras fuerzas «físicas», deben estar sujetas al análisis y la deducción mathôÙeôÙmatôÙiôÙcal. Cf. también la conferencia Croonian del Dr. T. Young On the Heart and Arteries, Phil. Trans. 1809, p. 1; Coll. Works, I, 511.