establecida con un marido; y ahora se sentía bastante tranquilo respecto a ella.
Era otoño. Genji se habia metido en tantas complicaciones que desde hacía un tiempo era muy irregular en sus visitas a la Gran Sala, y había caído en desgracia allí. La dama44 de la gran mansión era muy difícil de tratar; pero había superado tantos obstáculos en su cortejo que abandonarla en el mismo momento en que la había conquistado le parecía absurdo.
Aun así, no podía negar que la pasión ciega e intoxicante que lo poseía mientras ella era inalcanzable casi había desaparecido. Para empezar, era demasiado sensible; luego estaba la disparidad de sus edades,45 y el temor constante a ser descubierto que lo perseguía durante aquellas dolorosas despedidas en las primeras horas de la madrugada. De hecho, había demasiados inconvenientes.
Era una mañana en que la niebla cubría densamente el jardín. Tras ser despertado muchas veces, Genji salió por fin de la habitación de Rokujō, con un aspecto muy enfadado y somnoliento. Una de las sirvientas levantó una parte de la contraventana plegable, pareciendo invitar a su señora a contemplar la partida del príncipe. Rokujō descorrió las cortinas del lecho y, echando el cabello hacia atrás sobre los hombros, miró hacia el jardín. Había tantas flores hermosas creciendo en los arriates que Genji se detuvo un momento para disfrutarlas.
Qué hermoso se veía de pie en aquel lugar, pensó ella. A medida que se acercaba al pórtico, la criada que había abierto los contraventanas se acercó y caminó a su lado.
Llevaba una falda verde claro que combinaba exquisitamente con la estación y el lugar; estaba confeccionada de tal modo que realzaba con gran ventaja la gracia y la esbeltez de su paso. Genji se volvió para mirarla.
—Sentémonos un minuto aquí en la barandilla de la esquina —dijo.