Odio seguir siempre así. ¿Por qué es usted tan fría, distante y orgullosa? Año tras año no logramos entendernos y usted se aisla de mí de manera más radical que antes. ¿No podemos arreglasnos por un breve momento para tratarnos con normalidad? Parece bastante extraño, teniendo en cuenta lo enfermo que he estado, que no intente interesarse por mi salud. O más bien, es exactamente lo que cabría esperar; pero aun así me resulta sumamente doloroso».
«Sí —dijo Aoi—, es sumamente doloroso cuando a la gente no le importa lo que sea de uno». Miró por encima del hombro al hablar, con el rostro lleno de desdén y orgullo, luciendo inusualmente hermosa al hacerlo.
—Casi nunca hablas —dijo Genji—, y cuando lo haces, solo es para decir cosas desagradables y tergiversar las palabras inofensivas de uno para que parezcan insultos. Y cuando intento encontrar la manera de ayudarte, al menos por un tiempo, a ser un poco menos intratable, te vuelves cada vez más inaccesible, sin remedio. ¿Lograré algún día hacerte entender...? —y, diciendo esto, entró en el dormitorio. Ella no lo siguió.
Yacía por un momento en un estado de gran disgusto y congoja. Pero, probablemente porque en el fondo no le importaba demasiado ni una cosa ni la otra, pronto le entró somnolencia y toda clase de asuntos muy diferentes pasaron por su cabeza. Deseaba tanto como siempre tener a la pequeña bajo su custodia y verla convertirse en mujer. Pero la abuela tenía razón; la niña era absurdamente joven y sería muy difícil volver a sacar el tema. Sin embargo, ¿no sería posible ingeniárselas para que la trajeran a la Capital? Sería fácil entonces encontrar excusas para ir a buscarla y así, incluso mediante un arreglo de ese tipo, podría convertirse en una fuente de deleite constante para él.