Iba vestido con un traje de suave seda blanca, con una capa burda descuidadamente echada sobre los hombros, con el cinturón y los broches desatados.
A la luz de la lámpara contra la que se apoyaba parecía tan encantador que uno habría deseado que fuera una mujer; y pensaron que ni siquiera la «mujer perfecta» de Uma no Kami, a quien él había colocado en una categoría propia, sería digna de un príncipe como Genji.
La conversación continuó. Se habló de muchas personas y cosas. Uma no Kami sostuvo que la perfección es igualmente difícil de hallar en otros ámbitos. Al soberano le cuesta mucho elegir a sus ministros. Pero al menos tiene una tarea más fácil que el marido, pues no confía los asuntos de su reino a una, dos o tres personas únicamente, sino que establece todo un sistema de superiores y subordinados.
Pero cuando ha de elegirse a la dueña de una casa, debe encontrarse a una sola persona que reúna en su ser muchas cualidades diversas.
No conviene ser demasiado exigentes. Estemos seguros de que la dama de nuestra elección posee ciertas cualidades tangibles que admiramos; y si en otros aspectos no alcanza nuestro ideal, debemos ser pacientes y recordar aquellas cualidades que primero nos indujeron a iniciar nuestro cortejo.
Pero aun aquí debemos estar en guardia; pues hay quienes, en el egoísmo de la juventud y la belleza perfecta, están decididos a que ni una mota de polvo caiga sobre ellos. En sus cartas eligen los temas más inofensivos, pero aun así se ingenian para teñir la textura misma de los signos escritos con una ternura que nos inquieta vagamente. Pero una persona así, cuando por fin conseguimos un encuentro, hablará tan bajo que apenas se la podrá oír, y las pocas y débiles frases que murmura entre dientes solo sirven para hacerla más misteriosa que antes.