Ella sufría un gran tormento y, aunque los curanderos recitaban oración tras oración, sus máximos esfuerzos no conseguían desviar ni un ápice el poder rencoroso que la poseía. Todos los mayores taumaturgos del país se hallaban allí; el rotundo fracaso de sus ministraciones los irritaba y desconcertaba. Por fin, amilanado por la potencia de sus ensalmos, el espíritu que la poseía alzó la voz y, llorando amargamente, se le oyó decir: «Dadme un pequeño respiro; hay un asunto del que el príncipe Genji y yo debemos hablar». Los curanderos asintieron los unos a los otros como diciendo «Ahora sabremos algo que vale la pena», pues estaban convencidos de que la «posesión» hablaba a través de la boca de la poseída, y apresuraron a Genji hacia su cabecera. Los padres de ella, pensando que, al estar cerca su fin, deseaba darle alguna última consigna secreta a Genji, se retiraron al fondo de la estancia. Los sacerdotes también cesaron en sus ensalmos y comenzaron a recitar el Hokkekyo133 en voz baja e imponente. Él levantó la cortina del lecho. Ella lucía tan hermosa como siempre mientras yacía allí, muy abultada con el hijo, y cualquier hombre que la viera aun en ese momento se habría sentido extrañamente turbado por su hermosura. ¡Cuánto más entonces el príncipe Genji, cuyo corazón ya desbordaba de ternura y remordimiento! Las trenzas entretejidas de su largo cabello destacaban en nítido contraste con su chaqueta blanca.134 ¡Incluso a este atuendo holgado de cámara de enfermo su gracia natural le confería el aire de un vestido a la moda! Él le tomó la mano. «Es terrible —comenzó— verte tan infeliz...», y no pudo decir más. Ella seguía mirándolo, pero a través de sus lágrimas él vio que en sus ojos ya no estaba el desdén ofendido que había llegado a conocer tan bien, sino una mirada de paciencia y tierna inquietud; y mientras lo veía llorar, los ojos de ella misma se anegaron en lágrimas. No era conveniente que él siguiera llorando así. Los padres de ella se alarmarían; además, aquello alteraba a la propia Aoi y, con la intención
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CAPÍTULO IX
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