Que eso era lo que Genji había estado deseando durante tanto tiempo le resultó una completa sorpresa y no lograba comprender por qué él consideraba lo desagradable que había pasado la anochecida como una especie de comienzo de una nueva y más íntima amistad entre ambos. Más tarde, por la mañana, volvió. —¿Te ocurre algo? —preguntó—. Me aburriré mucho hoy si no puedes jugar a las damas conmigo. Pero cuando se acercó a ella, esta no hizo más que enterrarse aún más hondo que antes bajo las mantas. Él esperó a que la habitación se quedara vacía y entonces, inclinándose sobre ella, dijo: «¿Por qué me tratas de esta manera tan arisca? Poco esperaba encontrarte de tan mal humor esta mañana. A los demás les va a parecer muy raro que te pases aquí todo el día tumbada», y retiró a un lado la colcha escarlata bajo la cual se había metido de cabeza. Para su asombro, descubrió que estaba bañada en sudor; hasta el cabello que le caía sobre las mejillas goteaba de humedad. —¡No! ¡Esto es demasiado! —dijo—; ¡en qué estado has conseguido ponerte! Pero por mucho que se esforzara en convencerla para que volviera a entrar en razón, no pudo sacarle una sola palabra, pues estaba
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CAPÍTULO IX
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