Cayó enfermo de tercianas, y cuando numerosos encantamientos y conjuros hubieron resultado inútiles, pues la enfermedad reaparecía una y otra vez, alguien dijo que en cierto templo de las Colinas del Norte vivía un hombre sabio y santo que en el verano del año anterior (las tercianas hacían entonces estragos y los conjuros habituales no daban alivio) había sido capaz de obrar muchas curaciones notables:
«No pierdas tiempo en consultarle, pues mientras pruebas un medio inútil tras otro, el mal se apodera más de ti».
Al punto envió un mensajero a buscar al hombre santo, quien, sin embargo, respondió que las flaquezas de la vejez ya no le permitían salir.
—¿Qué se puede hacer? —dijo Genji—; debo ir a visitarle en secreto; y tomando solo a cuatro o cinco criados de confianza, partió mucho antes del alba.
El lugar se adentraba un tanto en las colinas. Era el último día del tercer mes y en la capital las flores ya habían caído. El cerezo silvestre aún no había florecido; pero al acercarse a campo abierto, las neblinas comenzaron a adoptar formas extrañas y hermosas, lo que le agradó aún más porque, siendo alguien cuyos movimientos estaban atados a muchas normas de decoro, raras veces había presenciado tales espectáculos antes.
Los templos también le deleitaron. El hombre santo vivía en una profunda cueva excavada en una alta muralla de roca. Genji no dio su nombre y marchaba muy disfrazado, pero su rostro era bien conocido y el sacerdote lo reconoció al instante.
—Perdone —dijo—; fue usted, ¿no es así?, quien me mandó llamar el otro día. Ay, ya no pienso en las cosas de este mundo y mucho me temo