bajo la penumbra de la lámpara. No era de su naturaleza, en verdad, olvidar jamás a nadie de quien alguna vez se hubiera enamorado.
Entre sus viejas nodrizas había una llamada Sayemon a quien, después de la madre de Koremitsu, profesaba un profundo afecto. Tenía una hija llamada Taifu no Myōbu que estaba al servicio en Palacio. Esta muchacha era hija ilegítima de cierto miembro de la familia imperial que por entonces ocupaba el cargo de viceministro del Ministerio de Guerra.
Era una joven de carácter muy alegre y Genji recurría a menudo a sus servicios. Su madre, la nodriza de Genji, se habia casado después con el gobernador de Echizen y se había marchado con él a su provincia, de modo que la muchacha, cuando no estaba en Palacio, vivía principalmente en casa de su padre.
Sucedió que un día, mientras hablaba con Genji, le mencionó a cierta princesa, hija del difunto príncipe Hitachi. Esta señora, dijo, nació cuando el príncipe era ya muy anciano y se habían esmerado todos los cuidados en su crianza. Desde su muerte había vivido sola y era muy infeliz.
La compasión de Genji se despertó y comenzó a interrogar a Myōbu acerca de esta desafortunada dama.
—Tampoco sé gran cosa sobre su carácter o su apariencia —dijo Myōbu—; es de costumbres extremadamente recluidas. A veces he hablado un poco con ella al atardecer, pero siempre con una cortina de por medio. Creo que su cítara es la única compañera en la que está dispuesta a confiar.
«De los Tres Amigos80 al menos uno resultaría inadecuado en su caso», dijo Genji. «Pero me gustaría oírla tocar; su padre era un gran intérprete de este instrumento y es improbable que ella no haya heredado algo de su destreza».