La luna no se había ocultado y, aunque con luz menguada, aún brillaba tersa y clara en la madrugada. Era un amanecer de maravillosa belleza. Pero en el rostro apático del cielo los hombres solo leían su propia comodidad o desesperación; y Genji, mientras avanzaba lanzando muchas miradas atrás, prestó poca atención a la belleza del alba.
¿Le enviaría un mensaje? No, incluso eso era del todo imposible. Y así, sumido en una gran desdicha, regresó a la casa de su esposa.
Bien podría haber dormido un poco, pero no podía dejar de intentar inventar algún modo de volver a verla; o cuando eso parecía imposible, imaginarse todo lo que ahora debía de estar pasando por su cabeza.
No era una gran belleza, reflexionaba Genji, y sin embargo no se podía decir que fuera fea. Sí, era en todos los sentidos un miembro de esa Clase Media sobre la cual Uma no Kami les había dado una disertación tan completa.
Se quedó un buen rato en el Gran Salón y, al ver que, por mucho que lo intentaba, no podía dejar de pensar en ella ni de anhelarla, por fin, presa de la desesperación, mandó llamar a Ki no Kami y le dijo: «¿Por qué no me dejas a ese muchacho a mi servicio, el hijo del Chūnagon, a quien vi en tu casa? Es un muchacho de buen parecer y podría hacerlo mi paje personal, o incluso recomendárselo al Emperador». «Agradezco su bondad —dijo Ki no Kami—, le mencionaré lo que ha dicho a la hermana del muchacho». Esta respuesta irritó a Genji, pero continuó: «¿Y esta señora os ha dado hermanastros, señor?». «Señor, lleva dos años casada, pero no ha tenido ningún hijo. Parece que al contraer este matrimonio desobedeció los últimos mandatos de su padre, y eso la ha vuelto en contra de su esposo».
Genji: «Eso es verdaderamente triste. Me han dicho que no carece de atractivo. ¿Es así?»