pero estaban muy estropeadas y la comida que habían preparado parecía de todo punto indigna de aquellos platos tan valiosos. Las ancianas se retiraron pronto, presumiblemente a cenar ellas también. En un cuartucho que daba al pasillo principal pudo ver a una dama con aspecto muy friolero, ataviada con un vestido blanco increíblemente manchado de humo y un delantal sucio atado a la cintura. A pesar de tal desaliño, llevaba el pelo recogido sobre un peinado de concha al estilo de los antiguos criados de la Corte cuando servían en la mesa de sus amos, aunque le colgaba de forma desordenada. A veces había visto figuras como aquella merodeando por las habitaciones de la despensa en el Palacio, ¡pero no tenía idea de que todavía pudiera verse a alguien sirviendo de verdad a una persona viva! > «¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío! —exclamó la dama del delantal—. ¡Qué invierno tan frío estamos pasando! No valía la pena vivir tanto tiempo solo para toparse con tiempos como estos», y soltó una lágrima. > «¡Si tan solo las cosas hubieran seguido como en los tiempos del viejo Príncipe!», se lamentó. > «¡Qué cambio! Sin disciplina, sin autoridad. ¡Pensar que he tenido que vivir para ver días así!», y temblaba de horror como alguien que, > «si fuera un pájaro, alzaría el vuelo y se alejaría».87 Continuó desgranando un relato tan lastimoso de las cosas torcidas que Genji no pudo soportarlo más y, fingiendo que acababa de llegar, llamó a la puerta del
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Capítulo VI La flor de azafrán
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