los días siguientes le pesaban hasta las breves horas de asistencia a las que estaba obligado en el palacio y en las habitaciones de su padre, al descubrir (con gran sorpresa por su parte) que, salvo en presencia de ella, ya no podía disfrutar de un solo momento de paz. Los amigos a los que solía visitar se mostraron a la vez sorprendidos y ofendidos por este abandono inexplicable, pero aunque no tenía deseos de enemistarse con ellos, ahora descubría que la mera y remota perspectiva de tener que ausentarse de su palacio por una sola noche bastaba para desequilibrarle por completo; y todo el tiempo que pasaba fuera sus ánimos tocaban fondo y tenía toda la pinta de estar enfermando de algún mal extrañísimo. A todas las invitaciones o saludos respondía invariablemente que en ese momento no estaba de humor para compañía (lo que naturalmente se tomaba como una alusión a su reciente pérdida) o que debía marcharse ya, pues alguien con quien tenía un asunto pendiente ya lo estaba aguardando.
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CAPÍTULO IX
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