vestido y subió al carruaje. La casa de Genji no estaba lejos y llegaron antes del amanecer. Se detuvieron frente al ala oeste y Genji bajó. Tomando a la niña suavemente en brazos, la puso en el suelo. Shōnagon, a quien estos extraños acontecimientos le parecían un sueño, dudó como si aún no estuviera segura de si debía entrar en la casa o no. «No tiene necesidad de entrar si no quiere —dijo Genji—. Ahora que la niña misma está aquí a salvo, estoy más que satisfecho. Si prefiere regresar, no tiene más que decirlo y la acompañaré».
De mala gana bajó del carruaje. La brusquedad del traslado ya era por sí sola suficiente para alterarla; pero además le preocupaba lo que el príncipe Hyōbukyō pensaría cuando descubriera que su hija había desaparecido.
Y en verdad, ¿qué iba a ser de ella? De un modo u otro, todas sus damas parecían serle arrebatadas, y solo cuando empezó a temer de haber estado llorando tanto tiempo seguidos, se secó al fin los ojos y se puso a rezar.
The western wing had