costando caro, me aleje apresuradamente de Palacio sin escuchar todo. Pero aquí hay una carta que él
«Mi vista está nublada», dijo la madre.
«Déjame acercar Su carta a la luz».
La carta decía:
«Había pensado que al cabo de un tiempo habría algún desvanecimiento, un leve borramiento. Pero no. A medida que pasan los días y los meses, más insensata, más insoportable se vuelve mi vida. Pienso continuamente en el niño, preguntándome cómo le va. Había esperado que su madre y yo juntos vigiláramos su crianza. ¿No querrás ocupar su lugar en esto y traérmelo como un recuerdo del pasado?»
Tal fue la carta, y a ella se añadieron muchas instrucciones junto con un poema que decía «Al sonido del viento que cuaja el rocío frío en el brezal de Takagi, mi corazón vuela hacia los tiernos tallos de lila».
Del joven príncipe hablaba en símbolos; pero ella no leyó la carta hasta el final. Por fin dijo la madre: «Aunque sé que la larga vida solo significa amargura, he permanecido tanto tiempo en el mundo que incluso ante el Pino de Takasago ocultaría mi cabeza avergonzada. ¿Cómo iba entonces a encontrar el valor para ir de aquí para allá en el gran Palacio de las Cien Torres? Aunque el augusto mandato me llamara una y otra vez, yo misma no podría obedecer. Pero el joven príncipe (si acaso habrá oído el augusto deseo, no lo sé) está impaciente por regresar y, lo que no es de extrañar, se muestra muy abatido en este lugar. Dígale esto a su Majestad, y todo lo demás de mis pensamientos que aquí haya sabido por mí. Para un niño pequeño esta casa es en verdad un sitio triste...». «Dicen que el niño está dormido» —respondió la hija del ballestero—. «Me habría gustado verlo y decirle al Emperador qué aspecto tiene; pero se me espera en Palacio y debe de ser tarde».