de animarla, le dijo: «¡Vamos, las cosas no están tan mal! Pronto estarás mucho mejor. Pero incluso si algo sucediera, es seguro que nos volveremos a encontrar en los mundos venideros. Tu padre y tu madre también, y muchos otros, te quieren tanto que entre tu destino y el de ellos debe de haber un vínculo seguro que te devuelva a ellos en muchas, muchas vidas por venir». De repente ella lo interrumpió: «No, no. Eso no es. Pero detened estas oraciones por un momento. Me hacen un gran daño», y acercándoselo más continuó: «No pensé que vendrías. Te he esperado hasta que toda mi alma se ha abrasado de añoranza». Habló con melancolía, con ternura; y aún en el mismo tono recitó el verso: «Ata tú, como la costura de una falda se trenza, este jirón que de mi alma la desesperación y la soledad han desgajado». La voz con la que se pronunciaron estas palabras no era la de Aoi; ni el modo era el suyo. Él conocía a alguien cuya voz se le parecía mucho. ¿Quién era? Pues sí; sin duda solo ella: la dama de Rokujō. Una o dos veces había oído sugerir a la gente que algo de este tipo podría estar sucediendo; pero siempre había rechazado la idea por espantosa e impensable, creyendo que era la invención maliciosa de algún difamador sin escrúpulos, y hasta había negado que semejantes «posesiones» tuvieran lugar jamás. Ahora había visto una con sus propios ojos. Espantosas, increíbles como eran, tales cosas ocurrían en la vida real. Reponiéndose por fin, dijo en voz baja: «No estoy seguro de quién me habla. No me dejes en la duda...». La respuesta de ella demostró de manera por demás concluyente que había acertado. Para su horror, los padres regresaron entonces al lecho, pero ella había dejado de hablar, y al verla yacer ahora tranquilamente, la madre pensó que el ataque había terminado y se acercaba a la cama portando una jofaina con agua caliente cuando Aoi se incorporó de repente y dio a luz un hijo. Por el momento todo fue alegría y regocijo;
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CAPÍTULO IX
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