Sus caballeros corrían de aquí para allá, desconcertados; los enviados del Emperador se agolpaban densos como las gotas de lluvia. Al enterarse de la angustia y la zozobra de su padre, Genji se esmeró en tranquilizarlo fingiendo una leve mejoría o respiro.
También su suegro demostró gran preocupación, acudiendo todos los días en busca de noticias y ordenando la realización de diversos ritos y liturgias potentes; y fue tal vez como resultado de esto que, tras haber estado gravemente enfermo durante más de veinte días, experimentó una mejoría y pronto todos sus síntomas comenzaron a desaparecer.
En la noche de su recuperación terminó también el período de su impureza y, al saber que el Emperador seguía sumamente intranquilo por su salud, decidió tranquilizar a la Corte regresando a su residencia oficial en el Palacio. Su suegro vino a buscarlo en su propio carruaje y, de un modo un tanto irritante, le instó a tomar toda clase de remedios y precauciones.
Durante un tiempo todo en el mundo al que ahora había regresado le pareció extraño y en verdad apenas se reconocía a sí mismo; mas hacia el vigésimo día del noveno mes su recuperación fue completa, ni la palidez y delgadez de su rostro le sentaban en modo alguno mal.
A veces se quedaba mirando fijamente al vacío y rompía a llorar a gritos, y al ver esto no faltaron quienes dijeran que sin duda estaba poseído.
A menudo mandaba llamar a Ukon, y una vez, cuando habían estado conversando en la quietud de la tarde, le dijo: «Hay una cosa que todavía me desconcierta. ¿Por qué nunca quiso decirme quién era? Pues incluso si era en verdad, como dijo una vez, “la hija de un pescador”, era una extraña perversidad mostrar tal reticencia con alguien que la amaba tanto».