Myōbu, viendo con consternación que él había desmentido todas sus garantías, pensó que era mejor no saber nada de lo que siguió y, sin volver la cabeza, huyó a sus propios aposentos. Jijū y las otras damas de compañía habían oído hablar tanto de Genji y estaban tan ansiosas por echarle una ojeada que estaban más que dispuestas a perdonar su descortés intrusión. Su único temor era que su ama no supiera cómo lidiar con una situación tan inesperada. La encontró de hecho en el colmo de la timidez y la vergüenza, pero dadas las circunstancias, pensó Genji, eso era natural. Mucho se explicaba por la estricta reclusión en la que había sido criada. Debía ser paciente con ella...
A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, empezó a ver que ella no era en absoluto hermosa. ¿Es que no tenía entonces ni una sola cualidad para justificar todas estas esperanzas y planes? Aparentemente, ni una. Era tarde. ¿De qué servía quedarse? Profundamente decepcionado, salió de la casa.
Myōbu, intensamente curiosa por saber