Así discurrió; y Genji, aunque al principio se había sentido un tanto contrariado al descubrir que no estaba solo, al reconocer a Tō no Chūjō no pudo evitar divertirse bastante.
«Ésta es en verdad una inesperada atención por tu parte», dijo, y expresó su leve molestia en el verso de respuesta:
«Aunque doquiera que brilla los hombres se maravillan de su luz, ¿quién hasta hoy se ha dignado seguir a la luna llena hasta el monte donde se oculta?»
—Es de lo más peligroso andar así —dijo Chūjō—. Lo digo muy en serio. Deberías llevar siempre un guardaespaldas; así estarías a salvo pase lo que pase. Ojalá me dejaras acompañarte siempre. Me temo que estas expediciones clandestinas puedan traerte problemas algún día —y repitió la advertencia con solemnidad.
Lo que más preocupaba a Genji era la idea de que esta pudiera no ser la primera ocasión en que Chūjō lo había seguido; pero si había sido su costumbre hacerlo, desde luego había sido muy prudente al no haberle preguntado jamás a Genji sobre la hija de Yūgao.82
Aunque cada uno tenía una cita en otra parte, acordaron no separarse. Ambos subieron al carruaje de Genji y, habiéndose ocultado la luna tras una nube, amenizaron el camino hacia el Gran Salón tocando un dueto con sus flautas.
No mandaron llamar a los portadores de antorchas para que los alumbraran en las puertas, sino que, deslizándose con mucha quietud, se adentraron hasta un pórtico donde no pudieran ser vistos y allí hicieron que les trajeran sus ropas habituales. Tras cambiarse, entraron en la casa tocando alegremente sus flautas, como si acabaran de regresar de Palacio.
El padre de Chūjō, que solía fingir que no los oía cuando regresaban tarde por la noche, en esta ocasión sacó su flautín, que era su