hogar; sino donde te toque descansar, llama a eso tu casa»; y también: «Los monarcas pueden conservar sus palacios de jade, pues en una cabaña de hojas dos pueden dormir».
Había una cerca de zarzo sobre la cual alguna trepadora parecida a la hiedra extendía sus frescas hojas verdes, y entre las hojas había flores blancas con pétalos a medio desplegar como los labios de la gente que sonríe ante sus propios pensamientos.
«Se llaman Yūgao, “Rostros de la tarde”», le dijo uno de sus criados; «¡qué extraño encontrar a una multitud tan encantadora agolpándose en este muro abandonado!».
Y en verdad era algo sumamente extraño y delicioso ver cómo en aquella angosta vivienda de un barrio pobre de la ciudad habían trepado por aleros y hastiales ruinosos y se habían extendido por donde había espacio para crecer.
Él envió a uno de sus sirvientes a recoger algunas. El hombre entró por la puerta entreabierta y había empezado a arrancar las flores, cuando una niñita con una larga túnica amarilla salió por una puerta corredera bastante elegante y, tendiéndole al sirviente de Genji un abanico blanco intensamente perfumado con incienso, le dijo: «¿Te gustaría algo donde ponerlas? Me temo que has elegido un ramo de aspecto bastante desastroso», y le entregó el abanico.
Justo cuando abría la puerta para regresar, el hijo de la vieja nodriza, Koremitsu, salió de la otra casa lleno de disculpas por haber hecho esperar a Genji tanto tiempo: «No encontraba la llave de la puerta», dijo. «Afortunadamente, es poco probable que la gente de este humilde barrio lo haya reconocido y se haya acercado a presionar o mirar; pero me temo que debió de aburrirse muchísimo esperando en esta callejuela de mala muerte», y condujo a Genji al interior de la casa.