en otra habitación. Con amargura recordaba Genji cuánto tiempo atrás el emperador la había llevado a jugar con él. En aquellos días, él entraba y salía de la habitación de ella tal como le placía; ahora no podía dirigirse a ella sino a través de mensajes precarios. Ella era tan inaccesible, tan remota como una persona podía llegar a serlo de otra, y al encontrar la situación intolerable, le dijo cortésmente al príncipe Hyōbukyō: > «Desearía verle más a menudo; a menos que haya alguna razón especial para ver a la gente, me da pereza hacerlo. Pero si alguna vez tuviera la inclinación de llamarme, me encantaría...» y se marchó
Ōmyōbu, la dama que había urdido el encuentro de Genji con Fujitsubo, al ver que su señora recaía en una melancolía constante y fastidiada por su tardía cautela, no cesaba de hacer todo lo posible para volver a reunir a los amantes; pero los días y los meses pasaban y todos sus esfuerzos seguían siendo en vano; mientras ellos, pobrecitos, se esforzaban desesperadamente por alejar de sí este amor que era una desventura perpetua.
En el palacio de Genji, Shōnagon, la nodriza de la pequeña, al verse en un mundo de lujos y comodidades insospechados, no pudo atribuir esta buena fortuna sino al éxito de las oraciones de la difunta monja. El Señor Buda, a cuya protección la moribunda señora había encomendado con tanta fervor a su nieta, había provisto espléndidamente para ella. Había, por supuesto, ciertos inconvenientes. La altivez de Aoi no solo era de temer en sí misma, sino que parecía tener como consecuencia que el