de aquel día lo persiguieron durante mucho tiempo con una persistencia
La ceremonia tuvo lugar en la última semana del octavo mes. Al ver que para el padre de Aoi todo el suave brillo de esta mañana otoñal quedaba oculto en el crepúsculo de la desesperación y sabiendo muy bien qué pensamientos debían de cruzar por su mente, Genji se le acercó y, señalando el cielo, le susurró el siguiente verso:
«A causa de las brumas que envuelven el cielo otoñal no sé cuál ascendió del féretro de mi dama; de ahora en adelante, hacia la región de las nubes, de polo a polo, miro con amor».
Por fin estaba de nuevo en su habitación. Se acostó, pero no pudo dormir. Sus pensamientos repasaron los años que la había conocido. ¿Por qué se había conformado con suponer perezosamente que al final todo saldría bien y que mientras tanto se divertía sin importarle el resentimiento de ella? ¿Por qué había dejado pasar año tras año sin lograr, ni siquiera al final, establecer ninguna intimidad real, ninguna simpatía entre ellos? El más amargo remordimiento llenaba ahora su corazón; pero ¿de qué servía? Sus sirvientes le trajeron sus ropas de luto de gris claro y un extraño pensamiento flotó en su mente: «¿Y si hubiera muerto yo en su lugar y no ella? Ella se estaría enfundando en la túnica de profundo tinte de la mujer de luto», y recitó el poema: > «Aunque claro sea el tono del vestido que en el duelo la costumbre manda vestir, negro es mi pesar como la túnica que tú habrías llevado»; y, así vestido mientras desgranaba su rosario, los que le rodeaban notaron que ni siquiera los opacos colores del luto conseguían hacerle