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nydus/The Tale of GenjiPublic
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Capítulo VIII La fiesta de las flores

esperaban los carruajes, dos caballeros se abrieron paso con gran prisa. A estos los reconocimos como Shii no Shōshō y Uchūben,116 de modo que hay pocas dudas de que los carruajes pertenecían a la princesa Kōkiden. Por lo demás, notamos que las damas no eran para nada desparecidas y que todo el grupo se marchó en tres carruajes». El corazón de Genji latía con fuerza. Pero no estaba más cerca que antes de averiguar cuál de las hermanas había sido. Suponiendo que su padre, el Ministro de la Derecha, llegara a enterarse de algo de esto, ¡menudo escándalo se armaría! Eso significaría sin duda su ruina absoluta. Era una pena que, ya puestos, no se hubiera quedado con ella hasta que aclarara un poco más. ¡Pero así era! No conocía su rostro, pero aun así estaba decidido a reconocerla. ¿Cómo? Se quedó tumbado en su lecho ideando y rechazando interminables planes. Murasaki también debía de estar impacientándose. Habían pasado días desde la última vez que la había visitado y recordaba con ternura lo abatida que se ponía cuando él no podía estar con ella. Pero en un instante sus pensamientos regresaron a la dama desconocida. Todavía tenía su abanico. Era un abanico plegable con varillas de madera de hinoki y borlas atadas con un nudo de empalme. Un lado estaba cubierto de hoja de plata sobre la cual se pintaba una luna tenue, dando la impresión de una luna reflejada en el agua. Era un motivo que había visto muchas veces antes, pero tenía asociaciones agradables para él, y continuando la metáfora de la «hierba en el páramo» que ella había usado en su poema, escribió en el abanico: «¿Se ha devanado jamás un mortal los sesos con una pregunta tal como la de preguntar adónde va la luna cuando abandona el cielo al alba?». Y guardó el abanico a buen recaudo. Tenía en su conciencia el no haber ido en mucho tiempo al Gran Salón; pero temiendo que Murasaki también pudiera sentirse muy

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