hay una anfitriona que nos recibe. ¡Búsquenme algún rincón detrás de su biombo...!». «Aun así, me temo que usted tal vez no encuentre...», pero, interrumpiéndose, Ki no Kami envió un mensajero a su casa con órdenes de preparar una habitación para el Príncipe. Tratando una visita a una casa tan humilde como un asunto sin importancia, partió de inmediato, sin siquiera informar al Ministro y llevando consigo únicamente a unos pocos criados de confianza. Ki no Kami protestó ante tal precipitación, pero en
Los sirvientes limpiaron el polvo y ventilaron la cámara lateral oriental del Salón Central y allí habilitaron aposentos temporales para el Príncipe. Se esmeraron en mejorar la vista desde sus ventanas, por ejemplo, alterando el curso de ciertos arroyos. Instalaron un seto rústico de mimbre trenzado y llenaron los arriates con las plantas más selectas.
El bajo zumbido de los insectos flotaba en la brisa fresca; innumerables luciérnagas tejían laberintos inextricables en el aire. Todo el grupo se instaló cerca de donde el foso fluía bajo el puente cubierto y comenzó a beber vino.
Ki no Kami se marchó con gran prisa, diciendo que debía buscarles algo de comer. Genji, contemplando la escena en silencio, concluyó que aquella era una de esas familias de clase media que en la conversación de la noche anterior habían sido tan elogiadas. Recordó que había oído hablar bien de la dama que se hospedaba en la casa y tenía curiosidad por verla. Puso atención y le pareció que había gente en el ala occidental. Se oía el suave crujir de unas faldas y, de vez en cuando, el sonido de voces jóvenes y de ningún modo desagradables. No parecía que se esmeraran demasiado en evitar que sus susurros y risas fueran audibles, pues pronto