Genji nunca le preguntó cómo se llamaba ni ella le reveló su propia identidad. Fue a verla muy mal vestido y —algo de lo más inusual en él— a pie.
Pero Koremitsu consideró que aquello era un homenaje demasiado grande para una dama tan insignificante, e insistió en que Genji montara a su caballo, mientras él caminaba a su lado. Al hacerlo, sacrificó sus propios sentimientos; pues él también tenía razones para desear causar una buena impresión en la casa y sabía que, al llegar de esa manera tan poco digna, perdería la estima de los habitantes.
Por fortuna, su desconcierto pasó casi desapercibido, pues Genji se llevó consigo únicamente al criado que en la primera ocasión había arrancado las flores —un muchacho a quien nadie reconocería con facilidad— y, para no despertar sospechas, ni siquiera aprovechó su presencia en el vecindario para visitar la casa de su nodriza adoptiva.
La dama estaba muy desconcertada por todas estas precauciones y se esforzó mucho por averiguar algo más sobre él. Incluso envió a alguien tras él para ver adónde iba cuando la dejaba al amanecer; pero él logró despistar a su perseguidor y ella se quedó tan a oscuras como antes.
Él ya le estaba tomando demasiado cariño. Se sentía desgraciado si algo interfería con sus visitas; y aunque desaprobaba por completo su propia conducta y se preocupaba mucho por ello, pronto descubrió que pasaba la mayor parte del tiempo en casa de ella.
Él sabía que tarde o temprano en sus vidas hasta las personas más prudentes pierden la cabeza de este modo; pero hasta entonces nunca había perdido la suya de verdad, ni había hecho nada que pudiera considerarse muy malo.