logré persuadirla de que lo pensara con calma antes de hacerlo.
—Pobre —dijo Genji—,
no es de extrañar que esté tan turbada. Yo también me siento extrañamente desatinado y no sé qué será de mí.
—No te atormentes más —dijo Koremitsu—. Todo sucede como debe ser. Aquí hay alguien que se encargará de este asunto con mucha prudencia por ti, y nadie se enterará de nada.
«Suceda como tenga que suceder. Tienes razón —dijo Genji—, y así trato de persuadirme a mí mismo. Pero, en la búsqueda de los propios caprichos licenciosos, haber hecho daño y haber causado la muerte de alguien; ese es un crimen espantoso; una carga terrible de pecado que llevaré conmigo por el mundo. No se lo digas ni siquiera a tu hermana; mucho menos a tu madre la monja, pues me da vergüenza que sepa siquiera que alguna vez he hecho ese tipo de cosas».56