arrojando grandes borbotones de nieve sobre su manga. Encantado con la escena, Genji deseó de repente tener algún compañero con quien compartir este placer; no necesariamente alguien que amara esas cosas como él, sino uno que al menos respondiera a ellas de manera corriente.
La verja por la que tenía que pasar su carruaje para salir de los terrenos seguía cerrada con llave. Cuando al fin se localizó al hombre que guardaba la llave, resultó ser extremadamente viejo y endeble.
Con él había una muchacha grande y torpe que parecía ser su hija o su nieta. Su vestido lucía muy mugriento en contraste con la nieve nueva en medio de la cual estaba parada. Parecía sufrir mucho por el frío, pues abrazaba un pequeño brasero de algún tipo con uno o dos trozos de carbón que ardían con muy poca fuerza.
El viejo no tenía fuerzas para empujar la puerta, y la muchacha tiraba de ella al mismo tiempo. Sintiéndose compadecido por ellos, uno de los sirvientes de Genji fue en su ayuda y la abrió rápidamente.
Genji recordó el poema en el que Po Chü-i describe los sufrimientos de los aldeanos en tiempo invernal y murmuró los versos: «Los niños pequeños corren desnudos en el frío; los ancianos tiemblan por falta de ropa de invierno».
De repente recordó el aspecto frívolo que aquella infeliz flor había dado al rostro de la princesa y no pudo evitar sonreír. Si alguna vez pudiera mostrársela a Tō no Chūjō, ¿qué extraña comparación, se preguntó, usaría Chūjō al respecto? Recordó cómo Chūjō lo había seguido en la primera ocasión. ¿Habría continuado haciéndolo? Quizás incluso en este minuto estaba bajo observación. El pensamiento lo irritó.
Si sus defectos hubiesen sido menos llamativos, le habría sido totalmente imposible continuar con aquellas visitas angustiosas. Pero como la había