manga estaba arrancada. ¡Qué desastre era todo! Se dijo con repugnancia que se estaba convirtiendo en un alborotador, en un vulgar pendenciero nocturno. Esa clase de gente, lo sabía, siempre andaba rompiéndose la ropa y haciéndose el ridículo. Era hora de reformarse.
La manga que faltaba no tardó en llegar de los aposentos de Chūjō con este recado:
«¿No harías mejor en coser esto antes de ponerte la capa?»
¿Cómo se las había arreglado para conseguirla? Semejantes travesuras resultaban muy pesadas y tontas. Pero supuso que ahora tendría que devolver el cinturón y, envolviéndolo en un papel del mismo color, lo envió junto con un poema enigmático en el que decía que no se lo quedaría por miedo a sembrar discordia entre Chūjō y la dama.
«Me la has arrebatado como en el forcejeo me quitaste este cinturón», decía Chūjō en su poema de respuesta, y añadía: «¿Acaso no tengo buenas razones para estar enojado contigo?».
Más tarde, por la mañana, se reunieron en la Sala de Audiencias. Genji lucía un aire solemne y distraído. Chūjō no pudo evitar recordar la absurda escena de su último encuentro, pero era un día en el que había una gran cantidad de asuntos públicos que despachar y pronto se vio absorbido por sus deberes. Pero de vez en cuando el uno vislumbraba el rostro serio y la grave actitud oficial del otro, y entonces no podían evitar sonreír. En un receso, Chūjō se acercó a Genji y le preguntó en voz baja si había decidido en el futuro ser un poco más comunicativo acerca de sus asuntos. > —¡Qué va! —dijo Genji—; pero siento tener que disculparme por haberte impedido pasar una hora feliz con la dama a la que habías ido a visitar. Todo en la vida parece salir