—Pobre criatura —dijo Shōnagon—. Duerme profundamente en su habitación y no sabe nada de todos nuestros sufrimientos.
Pero, apenas hubo hablado, se oyó un ruido de alguien que se movía en los aposentos de las mujeres y de pronto se escuchó una voz que decía: «¡Abuela, abuela! El príncipe Genji, que vino a vernos a las montañas, está aquí de visita. ¿Por qué no dejas que entre a hablar contigo?».
—¡Calla, niña, calla! —gritaron todas las damas, escandalizadas.
—No, no —dijo la niña—; la abuela dijo que, cuando vio a este príncipe, se sintió mejor al instante. No estaba diciendo ninguna tontería.
Este discurso deleitó a Genji; pero las damas de la casa consideraron la intromisión de la niña penosa e indecorosa, y fingieron no oír su último comentario.
Genji abandonó la idea de hacer una visita en forma y regresó a su casa en carruaje, pensando por el camino que el comportamiento de ella era en verdad todavía el de una mera infante. ¡Y sin embargo, qué fácil y deleitable sería moldearla!
Al día siguiente hizo una visita formal. A su llegada envió un poema escrito en su habitual tira diminuta de papel:
«Desde que oí por primera vez la voz de la joven grulla, ¡mi barca muestra una extraña tendencia a atascarse entre los juncos!»
Estaba destinado a la pequeña y había sido escrito con una letra grande e infantil, pero con gran belleza, de modo que las damas de la casa, en cuanto lo vieron, dijeron: «Esto tendrá que ir al cuaderno de caligrafía de la niña».