hablarle, y había accedido a escucharle únicamente porque Myōbu le había dicho que debía hacerlo.
Varias sirvientas ancianas del tipo de las nodrizas habían estado medio dormidas en la habitación interior desde el anochecer. Había, sin embargo, una o dos muchachas más jóvenes que habían oído hablar mucho de este príncipe Genji y estaban listas para enamorarse de él en cualquier momento. Sacaron entonces el vestido más hermoso de su señora y la persuadieron de que las dejara arreglarla un poco; pero ella no mostró ningún interés en estos preparativos.
Myōbu, mientras tanto, pensaba en lo bien que se le veía a Genji con el pintoresco disfraz que había ideado para usar en estas excursiones nocturnas y deseaba que se estuviera empleando en algún lugar donde fuera más probable que se le supiera apreciar. Su único consuelo era que una dama tan apacible difícilmente le haría demandas excesivas o lo fastidiaría con celos y exigencias. Por otro lado, estaba bastante preocupada por la princesa.
«¿Qué pasaría —pensó Myōbu—, si ella se enamorara de él y su corazón se rompiera simplemente porque a mí me daba miedo que me regañaran?»
Recordando su rango y su educación, él distaba mucho de esperar que ella se comportara con la vivaz impertinencia de una señorita moderna. Sería languideciente; sí, languideciente y apasionada. Cuando, medio empujada por Myōbu, la princesa finalmente tomó su posición cerca del biombo donde debía conversar con su visitante, un delicioso aroma de sándalo83 invadió sus fosas nasales, y este detalle de coquetería avivó de inmediato sus esperanzas.
Comenzó a decirle con gran fervor y elocuencia cómo durante casi un año ella había ocupado continuamente sus pensamientos. ¡Pero ni una sola palabra respondió ella; hablar con él equivalía a escribir!