Era la décima quinta noche del octavo mes. La luz de una luna llena sin nubes sefiltraba entre las rendijas mal ajustadas del tejado e inundaba la habitación.
¡Qué lugar tan extraño en el que estar tendido!
pensó Genji, mientras contemplaba la buhardilla, tan diferente a cualquier otra habitación que hubiera conocido antes. Debía de ser casi de día. En las casas vecinas la gente empezaba a moverse, y se oía el sonido grosero de voces campesinas:
- «¡Eh! ¡Qué frío hace! No creo que saquemos mucho provecho de las cosechas este año».
- «No sé qué va a pasar con mi negocio de transporte —dijo otro—; la cosa pinta muy mal».
Luego (golpeando en la pared de otra casa): «Despierta, vecino. Es hora de empezar. ¿Habrá oído, crees?», y se levantaron y se marcharon, cada cual a la mísera tarea con la que se ganaba el pan.
Todo este estruendo y barullo tan cercanos hacían que la dama se sintiera muy incómoda y, en verdad, una persona tan delicada y quisquillosa debía de haber sufrido a menudo en este miserable alojamiento cosas que le habrían de dar ganas de tragársela la tierra. > Pero por muy dolorosas, desagradables o irritantes que fuesen las cosas que sucedían, ella no daba muestras de notarlas. El hecho de que, siendo tan retraída y delicada en sus maneras, pudiera soportar sin una queja los golpes y porrazos exasperantes que se producían en