desvanecerse y esconderse, y él jamás podría volver a encontrarla. Había indicios claros de que su estancia allí era de carácter muy temporal. Estaba seguro de que, cuando llegara el momento de mudarse, no le diría a dónde iba. Por supuesto, su huida sería la prueba de que ya no valía la pena preocuparse por ella y él debería, agradecido por el placer que habían compartido, simplemente dejar las cosas así. Pero sabía que eso era lo último que estaría dispuesto a hacer.
La gente ya empezaba a sospechar, y a menudo, durante varias noches seguidas, le era imposible ir a verla. Esto se volvió tan intolerable que, en su impaciencia, decidió trasladarla en secreto al Nijō-in.48 Se armaría un escándalo espantoso si la descubrían; pero había que correr ese riesgo.
«Voy a llevarte a un lugar muy agradable donde nadie nos molestará», dijo al fin. «No, no», exclamó ella; «tus maneras son tan extrañas que me daría miedo ir contigo». Habló en un tono de terror infantil, y Genji respondió sonriente: «Uno de los dos debe