invariablemente qué llevaban puesto, intentaré hacer tal descripción por una vez. Sobre un corpiño de púrpura imperial terriblemente descolorido, llevaba una bata cuyo tono púrpura se había vuelto definitivamente negro con los años. Su manto era de pieles de marta fuertemente perfumado con esencia. Una prenda como aquel manto se consideraba muy elegante varias generaciones atrás, pero a él le pareció el atuendo más extravagante para una muchacha relativamente joven. Sin embargo, a decir verdad, parecía que sin aquel envoltorio monstruoso perecería de frío, y no pudo evitar sentir compasión por ella. Como de costumbre, parecía carecer por completo de conversación, y su silencio acabó por privar también a Genji del uso de la palabra. Sintió, no obstante, que debía intentar de nuevo vencer su mudez religiosa y comenzó a soltar una retahíla de observaciones casuales. Abrumada por la vergüenza, ocultó su rostro con la manga. Esta actitud, unida a su indumentaria, le recordó con tanta fuerza a los extraños y pomposos funcionarios de antaño que a veces había visto marchar a paso de funeral en procesiones solemnes, estrechando sus insignias de cargo contra el pecho, que no pudo evitar reírse. Consideró que esto era una falta de educación imperdonable. De verdad que sentía mucha pena por ella y, deseando poner fin rápidamente a su apuro, se levantó para marchar. > «Hasta que comencé a ocuparme de ti, no había nadie en quien pudieras confiar. Pero de aquí en adelante creo que debes proponerte ser sincera conmigo y contarme todos tus secretos. Tu fría altivez me resulta muy dolorosa», y recitó el verso: > «Ya se funde en los rayos del sol matutino el carámbano que cuelga del alero. ¿Cómo es que este goteo vuelve a convertirse en hielo?». Ante esto, ella soltó una ligera risita. Encontrando insoportable su incapacidad para expresarse, abandonó la casa. Aun con
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Capítulo VI La flor de azafrán
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